
Mercurio una vez buscó determinar cómo era considerado entre los mortales. Para lograr esto, se disfrazó de hombre y visitó el estudio de un escultor.
Después de examinar varias estatuas, preguntó por el precio de dos figuras que representaban a Júpiter y Juno. Cuando el escultor mencionó el precio de estas figuras, Mercurio señaló una estatua de sí mismo y dijo: "Seguramente, debes querer mucho más por esta pieza, ya que es la estatua del Mensajero de los Dioses y la fuente de todas tus ganancias".
El escultor, sin inmutarse por la afirmación audaz, respondió: "Bueno, si compras estas dos estatuas, te regalaré esa de gratis".
En este intercambio, Mercurio aprendió no solo sobre su propia estima, sino también sobre el valor de la humildad y la naturaleza del arte entre los mortales.
La historia ilustra que el verdadero valor a menudo no es reconocido, y aquellos que contribuyen en gran medida pueden ser subestimados por los demás.
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